No hace falta ser un experto para operar en el supermercado de las divisas. Algunos mantienen que el inversor individual puede hacerlo mejor que los más afamados entendidos, pero nadie duda que el conocimiento del mercado sirve para prevenir riesgos. Las preguntas que los analistas financieros dirigen a las personas interesadas en especular con divisas son nítidas y contundentes. Lo primero que tienen que averiguar es la cantidad aproximada que el inversor está dispuesto a perder. En función de esta cifra se establecen los correspondientes seguros de cambio y se monta una compleja ingeniería alrededor. «La operación más sencilla consiste en abrir una cuenta corriente en divisas y esperar a que éstas suban su valor para venderlas», indica el directivo de Adisa. Los españoles que realizaron esta operación antes de las últimas devaluaciones ya saben lo que es ganar muchísimo dinero. Pero para obtener sabrosas plusvalías de esta forma se requieren grandes inversiones y altos riesgos. El analista financiero se decanta antes por instrumentos de cobertura como el seguro de cambio, ya que «permite jugar con poco dinero y un alto volumen de beneficio». Este producto asegura el precio de compra o venta de una divisa, cuya adquisición o entrega tiene una fecha precisa. Una vez cerrada la operación y en el momento de la liquidación, se aplicará el precio contratado en su momento por el seguro de cambio. No es lo mismo que un dólar cueste 124 pesetas que las 144 de días atrás. Las 20 pesetas de diferencia marcan la frontera entre una operación exitosa o un completo desastre, ya sea en activo o pasivo. Parecido a lo anterior son las opciones de tipo de cambio en divisa. Con el pago de una prima (importe que ha de pagar el comprador para adquirir la opción), el titular puede ejercer su derecho para la compra-venta de divisas si las condiciones le favorecen. Otras formas de participar en el mercado de divisas consisten en establecer depósitos o fondos de inversión en divisas; la financiación en moneda extranjera; o la compra y venta de futuros sobre divisas, ya sea con ánimo especulativo o para eludir riesgos.
Hace cinco años estaba oprimido y ahora goza de todas las bendiciones. El mercado de divisas español lleva funcionando desde 1959, pero fue realmente en 1992, con la liberalización del movimiento de capitales, cuando se abrieron a los inversores españoles las puertas del mayor espacio económico del mundo. Cada día, el mercado de divisas pone en movimiento más de 150 billones de pesetas y crea un juego con muchas reglas imprevisibles. Las posibilidades de negocio son tantas como monedas conviven en el sistema internacional. Las nuevas tecnologías permiten que las divisas viajen al instante de extremo a extremo de un planeta que nunca duerme. En este circuito de 24 horas, el dinero corre sin descanso. Cuando las bolsas europeas cierran sus puertas, las abren Nueva York y Chicago, para luego ceder el relevo a Oceanía y después a Japón. Y vuelta a empezar. Unas plazas se solapan con otras para que nunca cese la contratación, a velocidad digital y en un territorio soberano en el que los capitales fluyen sin necesidad de pasaportes. La rapidez, seguridad, sofisticación y liquidez de estos mercados se debe, en gran medida, al alto grado de confianza que se establece entre los operadores. El mundo está siempre al alcance de la mano del inversor. Basta un terminal de ordenador o un teléfono para conectar con su operador financiero. Los brokers y los grandes bancos actúan de traductores en esta torre de babel donde se realizan transacciones con monedas cuyos valores suben y bajan. Sintonizar con la cadencia adecuada determina el éxito o el fiasco en las operaciones. Así de simple. En pocas palabras, el mercado de divisas es el mayor paraíso del capitalismo moderno, un edén que no tiene emplazamiento físico concreto.
